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El Plan Perfecto que Sólo Duró hasta el Estacionamiento PDF Imprimir E-Mail
viernes, 09 de julio de 2010

sweet candyMaurizio me llamó al día siguiente para pedirme perdón por lo que había pasado en la disco. Se deshizo en disculpas y prometió que me iba a recompensar por el mal rato que me había hecho pasar la noche anterior. Me pidió casi rogando que le diera otra oportunidad para que nos conociéramos, porque él no se iba a volver a comportar así.

 

Por Kris Von Bohn

Como a mí me gustaba el huevón, decidí perdonarlo y le dije que el otro fin de semana saliéramos. Ahora me iba a hacer la difícil para que sufriera un poco. Como quedamos de vernos el viernes, me preguntó si me podía llamar en la semana -yo le dije que sí, obvio- y se despidió muy amoroso mandándome un tremendo beso telefónico. 

Me llamó el lunes y conversamos harto rato. El me coqueteaba en forma descarada y evidente, pero yo me hacía la tonta. Ese era mi plan, hacerme la difícil hasta dejarlo babeando y cuando se quisiera acostar conmigo yo le diría que no; aunque fuera sólo por divertirme un rato viéndole la cara de idiota que pondría cuando me negara.  

Me llamó el martes, pero no le contesté. Me moría de ganas de hablar con él, pero yo le había contado mi plan a la Camy y ella me había dado algunos consejos para lograr tenerlo en la palma de mi mano en poco tiempo. Estaba más que ansiosa por hablar con él, pero me aguanté hasta el miércoles. Con todas las cosas sexy que me decía, ya me estaba empezando a impacientar y todos los rollos posibles pasaban por mi cabeza. Me imaginaba como sería el primer beso, cómo se sentirían sus manos sobre mis caderas, bueno y muchas cosas más... 

El jueves se notaba que estaba que cortaba las huinchas el pobre. Me decía toda clase de indirectas, pero yo no lo pescaba y él se derretía al teléfono. Puta que son básicos los hombres, se imaginan un par de tetas y se babean enteros. Me rogó que nos viéramos ese día y me confesó que ya no aguantaba más sin verme ni estar conmigo. Le  dije que no, que esperara “hasta mañana”, jajaja… El huevón quedó loco. Me despedí rápido porque si no, iba a ceder y le iba a decir que me fuera a buscar no más. Pero no, mi intención era llegar con el plan hasta el final. 

Y llegó el viernes. Me levanté tarde porque la sesión del jueves había terminado a las dos de la mañana. Como a las nueve me empecé a vestir: elegí ponerme una faldita de jeans con una polera bien escotada y una chaquetita corta, sandalias tipo romanas, de esas bien sexys con tiritas que se amarran hasta la pantorrilla,  y obvio que la ropa interior era para provocarle un infarto. Colaless de encaje negro con amarritas en las caderas que se soltaban con un toque, sostén del conjunto que hacía que las pechugas fueran una tentación que no podría resistir. 

La Camy llegó como a las diez y yo estaba pintándome y arreglándome el pelo. Se quedó con la boca abierta y me dijo: “Huevona, eres muy maraca ¿dónde van a ir? Yo creo que no van a llegar muy lejos”. Y se cagó de la risa haciéndome una seña inconfundible.

 “No seas ordinaria –le dije- si sólo vamos a ir a tomarnos unos tragos y a conversar, después veremos qué onda”. 

A las once llegó. Sonó el timbre, tragué fuerte y abrí la puerta. El huevón casi se desmayó cuando me vio. Se le caía la baba. Me dio un beso bien al borde de la boca que me hizo suspirar y me apretó contra él durante unos segundos. Me preguntó si estaba lista; yo agarré mi cartera y salimos. Me abrió la puerta del jeep y, cuando yo me estaba subiendo, noté que pegó el tremendo suspiro.

 “Te ves muy bonita”, dijo, y yo como si nada. Me contó que me iba a llevar al bar de un hotel bien de moda, al que iban puros famosos y jet set, prometiendo no hacerme la misma escenita del otro día y que se iba a portar bien. En el camino no dejaba de mirarme y, cuando pasaba los cambios, aprovechaba de rozar mi rodilla de manera casi imperceptible. Yo me dejaba porque se me erizaba la piel en un segundo.

Llegamos al hotel que estaba en el centro y nos metimos al estacionamiento. Tuvimos que bajar tres pisos porque estaba lleno y estacionamos en un lugar bien lejos del ascensor, donde no había nadie más y estaba más que oscuro. Nos quedamos ahí un rato sin decir nada, sólo escuchando música, hasta que de pronto se acercó, acariciándome el pelo, y me dijo: “Ahora te voy a dar un beso”. 

Sólo me queda decir que mi plan se fue a la chucha y que yo -y las amarras de mi colaless- terminamos por ceder, en menos tiempo del que había planeado...

Continuará...

Para saber  cómo llegué hasta aquí, puedes leer:

 Mi Maldito Colaless sin Estrenar

 

 

 

En el Caño con Sweet Candy

Galería / Animadoras Playeras

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